Capiatá. Relato corto sobre su vida, su historia, su gente…

EL NIÑO QUE LLEGÓ A SER HOMBRE.

La preparación.

De pequeño nunca fui tan listo pero comprendí lo que estaba sucediendo, mamá no quiso que viviera con tantas necesidades como le tocó vivir. Dejé mis caballitos de madera, mi carreta de cartón, el trompo que había hecho mi abuelo antes de quedarse ciego, mi pelota de trapo y vosâ, también tuve que dejar a mis amigos. Mis amigos…

Semana antes, mi madre iba de vez en vez a la casa de tía Lucía. Las veía hablar, sonreían y después de algunos momentos solo hablaban con los ojos, mirando mi única bermudas de color azul que usaba cada vez que iba de oyente a la escuela y a la capilla junto al señor Crisóstomo que nos enseñaba el ñembo´e.

No sabía que mamá estaba enferma y que su enfermedá era grave, el poha ñana que abuelo preparaba no la curaba. Algunas veces taitá me pedía que vaya a buscar los remedios. Después de ponerles agua a las vacas y a los perros, siempre sabía dónde ir a buscar, Taitá era letrado y conocía los lugares.

Esa tarde guardé en un hule las balitas que me gané gracias a mi insuperable kuâ leô, lustré con avati pirë y betún el único par de zapatos que tenía. Casi no los usaba, solo en cumpleaños, era duro y molestaban al caminar. Antes de que el sol se ocultara fui a recoger algunos autitos de madera que tenía. _che memby, no vas a poder llevar todo eso, allá tendrás muchos juguetes. _ dijo mamá mientras guardaba la ropa que lavó esa mañana. Mucho no sabía a dónde iría ni por qué, lo cierto es que jamás iba a volver.

Esa noche el sereno se sintió como nunca, hacía frio. Mientras mamá tomaba mate en compañía de taitá, llegó tía Lucía y se sentó al lado de mamá. Mientras hablaban y tomaban mate alrededor del fuego, no podía prestar atención a lo que decían, los zapatos, la camisa a rayas y el enorme pantalón que perteneció a mi padre me incomodaban. Mamá los achicó, no me acostumbraba a las ropas con botones y mangas largas.

Me había quedado dormido sobre el vaka pirë que estaba en el suelo, cerca de taitá. Me despertó mamá, _ouma la colectivo che memby. Dijo mientras me peinaba. ¡Me sentí feliz! Nunca había subido a un colectivo, sabía que hacían más ruido que las carretas e iban más rápido, solo los veía pasar desde el maizal de Don Crisóstomo. Taitá y tía Lucía estaban aguardando nuestra salida, no sé si estaban felices o tristes, estuve preocupado. El colectivo se acercaba y si no corríamos hacia el maizal, el colectivo nos iba a dejar. Abuelo puso sus manos ásperas y cariñosas sobre mi cabeza, comenzó a palpar mi vestimenta y mi peinado, _Peicha re hóro heta ejuhúta nde chikarâ, _dijo con una risa que fue cortada por una tos, secuela de años de trabajo en una hacienda brasileña.

Tía Lucia, se acercó y me pidió que cuidara a mamá, dijo que allá encontraría educación y trabajo. Al abrazarme dejó en mis manos un pedazo de mbeju, _ipuku pende viaje, dijo mientras se despedía de mamá. En ese momento no me di cuenta, la felicidad, la curiosidad y la inocencia nubló mis ojos, ya en el colectivo recordé los ojos blancos de taita y el rostro envuelto con lágrimas de tía.

Agarré un bolsón que mamá cargaba, sólo llevamos tres. No teníamos mucho que llevar, solo un par de ropas, el krito crucificado que perteneció a mi abuela, dos ruguasu kyra con los que mamá pagaría el pasaje y un vosâ lleno de naranja, mandi´o y mandarina. Puntualmente a las 03 de la mañana llegamos a la ruta, las luces del colectivo se abrían paso entre la noche y la neblina. Mamá miró mi rostro y sintió mi alegría, solo me brindó una sonrisa, la preocupación no la dejaba estar pendiente de aquel curioso y emocionado mita´i.

La partida.

Llegó el colectivo, desde afuera pude ver a algunos rostros que se asomaban por la ventana, jamás los había visto antes. Se abrió la puerta, Mamá habló con el chofer, le dio los ruguasu y subimos. Mamá iba parada, me senté sobre el regazo de una señora muy amable que se pasó hablando con mamá durante todo el trayecto. Horas después me desperté ya en el regazo de mamá, tomaba mate con la señora. Miré a mí alrededor y noté que ya había pocos pasajeros. _eke je´y che memby, aún falta mucho, Dijo mi madre al taparme con una sabana que le prestó la señora.

Nunca he visto tantas casas juntas, la ruta hû tan cerca de los comercios, la enorme fábrica de aceite con sus maravillosos contenedores, el Colegio Militar del cual mamá dijo que iba a estudiar cuando sea mayor. Pasamos sobre un puente. Este es el arroyo de Capiatá, pe guahétama, la municipalidá está a dos cuadras nomas ya de acá _dijo la señora que seguía con su mate, rumbo a Asunción. Entonces de un salto me puse de pié y agarré el bolsón del cual no me despegué.

La llegada.

Al bajar del colectivo no vi yvy pytá. Mamá se dirigió junto a un niño que vendía kamby sobre un carrito tirado por un burrito, le preguntó si aquel local donde nos encontrábamos era la Municipalidad de Capiatá. Si ha´e _le respondió el niño mientras seguí ofreciendo su kamby a 60 gs. el litro. Me di cuenta de que por ahí no había tantas vacas como en Ciudad del Este.

De repente vi que mamá comenzó a preocuparse más, dijo que allí tenía que estar su tía Ramona, esperándonos. Luego calculó el horario y se dio cuenta de que habíamos llegado más temprano de lo previsto y entonces fuimos a sentarnos a esperarla. Olvidé la molestia que me ocasionaba la ropa y el duro sapatú. Puse en práctica lo que ña Marina nos había enseñado en la escuela y con ayuda de mamá, comencé a leer algunos letreros, uno que me llamó la atención tenía por escrito “Obra en construcción, futuro local del Centro Social y Cultural de Capiatá” a su izquierda también leí un letrero que decía. “Futuro local de la Seccional Colorada de Capiatá”

Mientras pasaban las horas, comí el último chipá que trajimos, miré a mi alrededor y no he visto a tantos niños, quizá estaban en la escuela o en la chacra, tal vez estaban en la canchita jugando con su pelota de trapo y vosâ. Mientras pensaba vi acercarse a una señora, venía en compañía de un niño con una pelota bajo el brazo.

Mamá los recibió con un fuerte abrazo. Ponele la bendición che memby, ella es tu tía _me dijo. En ese momento la vi feliz en compañía de una tía a quién acababa de conocer y un primo muy bueno que se llamaba Luis, como su padre. Mamá agarró su vosâ, yo la mía y nos dirigimos hasta el carrito de tía Ramona. Sobre el carrito íbamos cruzando el arroyo de Capiatá, se me antojó quitarme el aó para tirarme en aquel tibio arroyito. Luego, con detenimiento, miré el gran Colegio Militar, he visto primera vez un avión, se encontraba frente a la caballería, vi a los kavajú altos como taitá. Mi primo no hablaba mucho, tampoco tenía tiempo para hacerlo, con gracia y astucia manejaba el carrito, desviando a los vehículos que circulaban, no lo quise molestar con preguntas. Al pasar por el gran cuartel, mis ojos vieron algo sorprendente, era una fábrica con grandes galones. Ahí se guarda aceite _Exclamó Luis. No lo había escuchado hablar hasta ese momento, se percató de mi insaciable curiosidad y prosiguió. _Acá trabaja mi hermano mayor, es encargado de un gran horno donde se calienta la soja, la fábrica se llama CAPSA.

Al llegar a la esquina entramos en una cuadra, mi nuevo amigo no dejaba de explicarme y comentar sobre su ciudad. _Mi padre y yo nacimos aquí, él trabaja en una olería cerca del arroyito y voy con él para ayudarlo, _exclamó. Mientras más nos acercábamos a su casa, vecinos y caminantes nos saludaban, desde el principio supe que eran personas muy amables, amistosas.

Al llegar a la casa, vi a una joven que barría con un typycha hecho de un material que nunca había visto. Años después supe que en esa ciudad había varias fábricas de escobas muy finas. Mamá y yo saludamos a los presentes, acá vamos a vivir _dijo mi madre. Quedé maravillado con ese lugar, de principio a fin, todo lo que había visto era increíble, la Municipalidad, el fresco arroyito, el imponente cuartel, la gran fábrica, todo fue increíble, no sabía que Capiatá aún tenía varias sorpresas por revelarme.

Los primeros meses.

Con la ropa que me regaló Luís siempre estuve cómodo, él sólo era dos años mayor que yo. Ya comenzaron las clases y comencé a cursar mi segundo grado en la escuela que quedaba detrás de la Municipalidad. Una vez acompañé a mi prima para ir a depositar una carta en el correo paraguayo que se encontraba frente a la comisaría, el novio había viajado a Buenos Aires para seguir una carrera. Durante el camino divisé un gran templo, la parroquia Virgen de la Candelaria. Allí enseño el catecismo. _Respondió amablemente Marcia. El domingo irás conmigo_ continuó diciendo.

Esperé el día citado y en compañía de mamá, tía Ramona, tío Luis y mis primos Marcia y Luis, fuimos al templo de la parroquia. Su imponente altura y diseño, sus anchas puertas atrajeron mi atención, al entrar quedé perplejo. ¡Nunca había visto un altar de esa magnitud! He visto a tantos ángeles y santos que me sentía en el mismo cielo. Luís y yo nos sentamos en el primer banco, nuestros pies no tocaban el suelo, éramos muy pequeños.

Desde ese día siempre iba a misa y miraba detalladamente el templo. Marcia era culta, me decía que esa Parroquia era un legado de los antiguos franciscanos del siglo XVIII, con arte barroco hispano guaraní. Por fortuna, esa semana mamá habló con el Pa´í Pedro Aníbal Rachit y consiguió trabajo en el templo, cocinaba para las hermanas religiosas que se hospedaban a dos cuadras del templo, siempre después de la escuela las visitaba, era agradable estar con ellas, me contaban historia de la época en que se encontraba el Pa´í Constantino Olaisola que estuvo desde 1926 hasta 1938, lapso en la que se llevó a cabo la guerra del chaco, (1932-1935) de donde papá no regresó.

El primer empleo

Durante la misa, mamá conoció a una familia que vivía a pocas cuadras de la parroquia. Eran recién casados y comenzaron a construir una casa que sería un museo con antigüedades y seres mitológicos. Buscaban un secretario que atendiera a los turistas, pues ellos tenían poco tiempo porque dedicaban gran parte de su tiempo a sus hijos y el karai Elías colaboraba con el municipio, incluso dijo que estaba en proyecto de crear un escudo distintivo para nuestra ciudad.

Ya estaba crecido, sin dudar le estiré del brazo a mamá, nunca fui hablador, ella con sólo mirarme el rostro notó mi insistencia y con gusto aceptó. En ese momento no sabía que haría exactamente, pero había leído en los libros de historia y sabía lo que era un museo, había escuchado hablar de eso.

Esa misma tarde al llegar a casa pregunté a mi prima qué significaba mitológico, ella con tanta paciencia fue explicándome detalladamente, también me hizo saber lo que el señor Ramón Elías había hecho. Al saber que karai Elías había materializado todos aquellos seres, sentí miedo, recordé las historias que taitá contaba mientras tomaba mate, oía historias del Luisô, el Pombero y el Jasy Jatere, en esa época nunca cruzaba sólo el maizal de don Crisóstomo.

Al día siguiente, dejé de lado mis temores, era sábado y no tenía clases, sabía cómo llegar al museo y fui a averiguar cuál sería mi tarea. Por el camino me encontré con un vecino que iba rumbo al pueblo a vender mandi´o y fui con él. Al llegar conocí a la Señora Elsa y al Señor Elías, me ofrecieron jugo de naranja y con gusto acepté. Detenidamente comenzaron a describir el Museo, cada parte de ella, algunos de los materiales tenían más de 200 años. En ese año, a dos décadas de la guerra del chaco, en una de sus habitaciones se encontraban vestigios de esa guerra como así también de la guerra del 70´. En otra habitación se encontraban imágenes tallados en madera de la época jesuítica. En la tercera habitación se daba lugar a otra dimensión donde se mezclaban lo fantasioso, lo mítico, lo asombroso y maravilloso. ¡En mi vida estuve tan cerca del Pombero, el Aô Aô, el kurupi y varios más! Quedé encantado con ese lugar, todos los fines de semana iba a limpiar y a atender a los turistas que llegaban de todas partes del territorio paraguayo e inclusive extranjeros. Cada vez que veía partir a la gente mombyrygua, miraba en sus ojos las maravillas con las que se encontraron y dije que habrán llevado una máxima impresión de Capiatá y de nuestro querido Paraguay.

El primer amor.

Nunca dejé de divertirme, de soñar, por las tardes siempre iba a refrescarme con las aguas del arroyo. Solía descansar bajo la sombra de un gran árbol. A cierta hora siempre solía ver a una joven que, en un lado del arroyo, lavaba ropas, los mita´i siempre la molestaban,. ¡Mariel!… ¡Alberto te quiere! _ le gritaban… A decir verdad, tenían mucha razón pero siempre interrumpía sus bromas diciendo _¡Mentira!, macanada lo que dicen. Desde esa tarde en la que por primera vez entrecruzamos mirada, supe que aquella hermosa y encantadora capiateña algún día sería mi señora. Y años después, así fue.

Orgullo y estabilidad.

Con el correr de los años terminé mis estudios. Se instaló una sucursal de la ANDE y comencé a trabajar allí. Luego, por cuestiones de salud decidí averiguar si en la nueva sucursal de la Copaco, filial Capiatá, necesitaban un experimentado hombre en relaciones públicas, ésta actitud lo desarrollé con el trato con mis amigos, en el colegio y luego en la Universidad de la vecina ciudad. Como la Copaco acababa de instalarse necesitaban de una persona que conociera el pueblo, tanto a sus habitantes como a sus dirigentes. De inmediato fui contratado.

Este pueblo que me acogió desde pequeño, me ha sabido cuidar y me ha brindado tantas alegrías y emociones juntas que jamás las podré olvidar. Este pueblo que ha mantenido unido a Itauguá, Areguá, J.A Saldívar, Luque, Ñemby, San Lorenzo y Ypané, con su gente, su pueblo, sus costumbres y su cálida amistad. Comprendí que los ojos blancos de taitá y los ojos humedecidos de tía Lucía eran de felicidad, sabían a dónde iríamos, sabían que nos encontraríamos con los hijos e hijas de este pueblo que tiene más de 350 años de historia.

He visto crecer a mis hijos y nietos, nada más me emociona que el hecho de saber que podrán disfrutar de todo lo que he disfrutado. Se sentirán orgullosos de vivir en una tierra sin mal, una tierra de tradición, de amistad. Una ciudad que aún conserva su historia en los lugares turísticos reconocidos a nivel mundial, una ciudad que crece y a la vez no pierde su esencia. Una sola ciudad. “Capiatá, ciudad de mitos y leyendas”

(Dedicado al pueblo capiateño, en

especial a Liz Mariel Barrios)

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